En los géiseres del Tatio, los virus son los verdaderos guardianes de la vida microbiana y los motores ocultos de la evolución en los ambientes más extremos de la Tierra
A 4.300 metros de altitud, los géiseres del Tatio despiden columnas de vapor en uno de los paisajes más inhóspitos y a la vez hipnóticos del planeta. La temperatura del aire cae bajo cero en horas, la radiación ultravioleta quema en minutos, y el suelo está saturado de sales. Y sin embargo, desde el subsuelo emergen aguas termales que se comportan como islas de color y de vida en el altiplano.
Cada organismo que habita estas termas lleva inscrita una historia silenciosa de adaptación: generaciones de microorganismos que ajustaron su biología para tolerar lo que para la mayoría de los seres vivos sería letal. Los protagonistas de esa historia no son animales ni plantas, sino entidades que la mayoría asocia con gripes y pandemias: los virus. Pero aquí no enferman a nadie. Podrían ser, en cambio, una de las fuerzas que impulsan esa adaptación y sostienen la vida donde casi nada debería existir.
Más que enemigos: una reputación que la ciencia está reescribiendo
Hay pocas entidades biológicas tan malentendidas como los virus. Desde el siglo XX, y con fuerza renovada tras la pandemia de COVID-19, la humanidad aprendió a identificarlos con amenaza y enfermedad. Esa narrativa tiene sentido en medicina, pero representa una fracción minúscula de lo que los virus hacen en el planeta.
Fuera de los cuerpos humanos, animales y plantas, existe un universo de virus ambientales que no infectan personas sino microorganismos: bacterias, arqueas, protistas y hongos. Cuando un virus infecta y destruye una bacteria en el suelo o en el océano, no causa una enfermedad: participa activamente en el funcionamiento de un ecosistema. La ecología microbiana ha comenzado a revelar que estos virus son, en muchos casos, los reguladores centrales de las comunidades microbianas que sostienen la vida en la Tierra.
“Si hay microorganismos, también hay virus. Y si hay virus, es probable que su función sea importante.”
El desvío viral: una lección del océano
El mar es donde los virus ambientales han sido más estudiados, y lo que encontraron los científicos fue revolucionario. Cada vez que un virus destruye una bacteria oceánica, libera su contenido celular (carbono, nitrógeno, fósforo) de regreso al sistema. Este proceso, el “viral shunt” o desvío viral, es un reciclaje forzado: los nutrientes que de otro modo quedarían inaccesibles vuelven a circular, disponibles para otros organismos. Trabajos recientes como los de Abbasi y Alam (2025) han documentado además cómo este mecanismo influye en el ciclo global del carbono, afectando cuánto CO₂ queda disuelto en el mar y cuánto se libera a la atmósfera. Los virus marinos, en otras palabras, tienen algo que decir sobre el clima del planeta.
Los virus también facilitan el intercambio de material genético entre bacterias, acelerando su capacidad de adaptarse a condiciones cambiantes. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿qué ocurre en ecosistemas acuáticos aún más extremos?
El Tatio como laboratorio natural
El ecosistema acuático de los géiseres del Tatio reúne condiciones que representan un desafío biológico formidable: alta radiación UV, temperaturas extremas, alta concentración de sales y escasísimas precipitaciones. Y sin embargo, comunidades microbianas logran prosperar ahí.
Lo que aún no sabemos es cómo funcionan los virus en ese contexto. Su aislamiento geográfico y las presiones selectivas del ambiente podrían haber generado comunidades virales únicas, con posible endemismo local: virus que no existen en ningún otro lugar del planeta. Estas son las preguntas que investiga el laboratorio de la Dra. Díez (Universidad Mayor), con financiamiento ANID-Fondecyt (1230217) y como investigadora del Centro de Regulación del Genoma, estudiando la dispersión, prevalencia y función de los virus en la adaptación y evolución de sus hospederos en El Tatio.
Por qué importa más allá del desierto
Estudiar los virus de El Tatio no es solo curiosidad académica. El cambio climático está convirtiendo vastas regiones del planeta en ambientes más áridos y extremos. Entender cómo funciona la vida donde el extremo ya es la norma es una forma concreta de prepararnos para ese futuro. Si los virus actúan como estabilizadores de comunidades microbianas en condiciones límite, su presencia o ausencia podría determinar si un ecosistema mantiene su funcionalidad o colapsa. Su rol en el reciclaje de nutrientes y la transferencia de genes bajo estrés extremo podría además inspirar estrategias de restauración ecológica en zonas afectadas por desertificación o contaminación.
Hay también una dimensión astrobiológica: las condiciones del Atacama son consideradas análogos terrestres de ambientes planetarios, especialmente en Marte. Si los virus prosperan y cumplen funciones ecológicas en condiciones tan extremas, eso amplía nuestra noción de dónde podría existir vida, y nos recuerda que esta, en sus formas más simples, encuentra caminos donde nosotros no los vemos.
Una frontera metodológica
El mayor desafío de este campo es técnico. Los virus son difíciles de extraer y caracterizar: sus partículas se concentran menos que las de sus hospederos, su material genético es más frágil, y no pueden cultivarse en laboratorio sin las células que infectan. Las técnicas estándar sencillamente no funcionan con ellos.
La metagenómica está cambiando eso. Esta herramienta permite secuenciar todo el material genético presente en una muestra ambiental sin necesidad de cultivar nada, reconstruir genomas virales completos, identificar sus hospederos probables e inferir sus funciones. Es como leer el guión de una obra sin verla en escena, pero el guión ya dice mucho. Las investigaciones en curso en El Tatio buscan precisamente determinar si los virus actúan como estabilizadores ecológicos e impulsores de la adaptación microbiana, o si este ambiente a alta temperatura ha generado estrategias virales antes desconocidas.
Del miedo a la admiración
El cambio más urgente que necesita la biología (y la sociedad) no es tecnológico sino conceptual. Los virus no son solo enemigos. En los géiseres del Tatio, podrían estar construyendo, regulando y adaptando: arquitectos invisibles de una comunidad microscópica que, contra todo pronóstico, se aferra a la vida y evoluciona bajo condiciones extremas.
Estudiarlos es comprender los límites de lo posible. Y en el Atacama, esos límites son mucho más amplios de lo que imaginamos.
Los virus que no enferman humanos podrían estar sosteniendo, silenciosamente, la vida en los rincones más hostiles de la Tierra, como aquellos a muy alta temperatura.
Por: Milena Murillo
Directora de comunicaciones CRG
Edición: Beatriz Díez Moreno – PI – CRG