En el Desierto de Atacama, donde no llueve durante años, hay plantas que florecen. En los bosques templados del sur, alerces de más de tres mil años siguen creciendo. En las islas del Pacífico chileno, especies enteras evolucionaron sin contacto con el continente. Cada una de esas historias está escrita, letra por letra, en su ADN. Aprender a leerlas es uno de los desafíos centrales de la biología contemporánea.
Cada 25 de abril se conmemora el Día del ADN, fecha que recuerda la publicación, en 1953, del modelo de doble hélice propuesto por James Watson y Francis Crick a partir de las imágenes de difracción de rayos X obtenidas por Rosalind Franklin cuyos datos fueron utilizados sin su consentimiento y cuya contribución la historia tardó décadas en reconocer. Aquel modelo abrió la posibilidad de entender, en términos químicos, cómo se almacena y transmite la información de todo lo vivo.
Más de siete décadas después, la genómica se volvió una manera de hacerle preguntas a la vida que antes no podían formularse. En medicina, agricultura y conservación, leer un genoma equivale a leer una biografía evolutiva: qué presiones moldearon a una especie, qué genes le permitieron sobrevivir, cuánta diversidad le queda para enfrentar lo que viene.
En Chile, esa pregunta cobra un peso particular. El país concentra ambientes que en otras latitudes están separados por continentes: el desierto más árido del planeta, bosques templados lluviosos, glaciares, salares de altura y ecosistemas subantárticos. En cada uno han evolucionado organismos en condiciones de aislamiento geográfico, lo que los convierte en archivos vivos de adaptación.
Desde el Instituto Milenio Centro de Regulación del Genoma (CRG), distintos equipos estudian esa biodiversidad en varios niveles plantas, microorganismos, comunidades enteras para identificar los mecanismos genéticos que explican cómo una especie tolera la sequía extrema, la radiación UV, la salinidad o las bajas temperaturas. Esa información no es solo descriptiva: permite anticipar cómo responderán las poblaciones a un clima que está cambiando más rápido de lo que muchas especies pueden seguir.
La genómica aporta además una herramienta concreta para la conservación. Medir la diversidad genética dentro de una población indica qué tan vulnerable es, cuánta capacidad de adaptación conserva y dónde concentrar los esfuerzos de protección. En especies endémicas o con distribución restringida, esa lectura puede marcar la diferencia entre persistir o desaparecer.
El trabajo del CRG no se queda en el laboratorio. En los últimos años, el instituto ha desarrollado iniciativas de divulgación que llevan la genómica a escuelas, ferias científicas y territorios donde la ciencia rara vez llega, incluyendo comunidades insulares y zonas rurales. La apuesta es simple: el ADN no es una abstracción de manual, es lo que une a una llareta del altiplano con un alga subantártica y con quien lee esta nota.
Celebrar el Día del ADN, en un país como Chile, es reconocer que cada organismo carga consigo un texto antiquísimo. El bosque, el desierto y el mar son bibliotecas. Apenas estamos aprendiendo a leerlas.