Un equipo internacional de investigadores, con participación chilena, publica hoy en Science la primera investigación independiente del sitio en casi 50 años. Sus conclusiones son explosivas: el famoso yacimiento arqueológico del sur de Chile podría tener apenas entre 8.200 y 4.200 años de antigüedad, no 14.500 como se creía.
Por casi cinco décadas, Monte Verde fue el pilar de una de las grandes narrativas de la prehistoria humana: la llegada de los primeros habitantes a Sudamérica mucho antes de lo que cualquier otro sitio podía demostrar. Ubicado en la Región de Los Lagos, en el corazón del sur de Chile, este yacimiento arqueológico a orillas del estero Chinchihuapi fue excavado entre 1977 y 1985 por el equipo del arqueólogo Tom Dillehay, quien reportó herramientas de piedra, restos de madera, huesos de fauna extinta y hasta algas marinas masticadas —los famosos “quids”— con una datación de aproximadamente 14.500 años antes del presente.
Eso lo convertía no solo en el sitio más antiguo de América del Sur, sino también en evidencia de que los humanos llegaron al continente antes de la cultura Clovis de Norteamérica, desafiando el modelo dominante del poblamiento americano. El sitio fue validado en 1997 por un panel internacional de expertos y desde entonces fue tratado como prueba sólida de una ocupación pre-Clovis en el continente.
Hasta hoy.
La primera mirada independiente en medio siglo
El estudio publicado este jueves en Science representa la primera investigación de Monte Verde llevada a cabo por un equipo completamente independiente de los excavadores originales. Lo lideran Todd Surovell, de la Universidad de Wyoming, y Claudio Latorre, investigador de la Pontificia Universidad Católica de Chile y del Centro de Regulación del Genoma (CGR), junto a otros especialistas de Chile, Austria y Estados Unidos.
El equipo no excavó el sitio original, sino que se dedicó a algo distinto y técnicamente más riguroso: describir, muestrear y datar nueve exposiciones aluviales a lo largo del estero Chinchihuapi, construyendo una historia geológica independiente del valle donde se ubica el yacimiento.
Los resultados los llevaron a una conclusión que sacude los cimientos del campo: la capa sedimentaria que contiene el componente arqueológico MV-II no puede ser más antigua que el Holoceno Medio, es decir, entre 8.200 y 4.200 años antes del presente.
La clave: una ceniza volcánica de 11.000 años
El hallazgo más contundente del estudio es la identificación de la Tefra Lepué, un marcador estratigráfico regional de origen volcánico datado en 11.000 años antes del presente. Esta capa de ceniza, formalmente nombrada en 2017 pero nunca antes reconocida en Monte Verde, aparece por debajo de la unidad estratigráfica que contiene el componente arqueológico MV-II.
En geología, esto tiene una implicancia directa e inapelable: si la ceniza volcánica está debajo, los sedimentos que contienen los artefactos deben ser más recientes que ella. El componente arqueológico no puede tener más de 11.000 años.
Pero hay más. Las dataciones por radiocarbono y por luminiscencia ópticamente estimulada (OSL) —una técnica que mide cuánto tiempo llevan enterrados los sedimentos— realizadas directamente sobre la unidad que alberga MV-II arrojaron edades de entre 8.600 y 2.800 años antes del presente, confirmando una edad del Holoceno Medio a Tardío para estos sedimentos.
El problema del material “redeposited”
El equipo también encontró evidencia de un fenómeno geológico crítico: la redeposición. Los sedimentos que rodean los artefactos contienen abundante madera antigua, clastos de turba y materia orgánica del Pleistoceno tardío —la misma época en que se supone habitaron los primeros americanos— que fue arrastrada por el estero desde capas más antiguas hacia depósitos más recientes.
En términos simples: el río recogió materiales orgánicos viejos y los enterró junto con los artefactos en sedimentos mucho más nuevos. Eso explicaría por qué las dataciones por radiocarbono de los materiales orgánicos del sitio entregaron edades pleistocénicas: no estaban fechando la ocupación humana, sino el material orgánico fosilizado que el río transportó.
Esta hipótesis, señalan los autores, también explicaría un problema que algunos investigadores habían señalado antes: el rango extraordinariamente amplio de fechas reportadas para el sitio, completamente inconsistente con una ocupación breve como la originalmente descrita.
¿Qué significa esto para el poblamiento de América?
Si Monte Verde tiene apenas entre 4.000 y 8.000 años, cae el principal ancla cronológica del modelo pre-Clovis para Sudamérica. Eso no significa que los humanos no llegaran antes —hay otros sitios en el continente con fechas antiguas que siguen en discusión— pero sí que Monte Verde no puede seguir siendo usado como evidencia para fijar ese límite temporal.
Los autores señalan que sus resultados reabren la posibilidad de una colonización más reciente, y que apoyan la viabilidad de una migración inicial por el corredor interior de Norteamérica, una hipótesis que había perdido fuerza precisamente por la antigüedad atribuida a Monte Verde.
También tienen implicancias para los modelos de rutas de migración: la aceptación del modelo pre-Clovis había llevado a muchos investigadores a descartar el corredor libre de hielo y privilegiar una ruta costera. Esa conclusión, ahora, debe ser reconsiderada.
Participación chilena y llamado a la verificación independiente
El trabajo tiene una fuerte participación chilena. César Méndez, de la Pontificia Universidad Católica de Chile, y Claudio Latorre, quien además es investigador del Instituto Milenio Centro de Regulación del Genoma.
En sus conclusiones, los autores no solo cuestionan a Monte Verde: hacen un llamado explícito a la comunidad arqueológica a priorizar la verificación independiente de sitios tempranos, subrayando que casi medio siglo transcurrió sin que nadie revisara de forma autónoma uno de los yacimientos más influyentes de la prehistoria americana.
El paper fue recibido en febrero de 2025, revisado en julio y aceptado en enero de 2026. Se publica hoy, 19 de marzo de 2026, en la edición de Science.
El artículo original puede consultarse en: https://www.science.org/doi/10.1126/science.aef9954?__cf_chl_rt_tk=K91d7A9WYEhGHucmIrq6KjYJh3IOjC7D4RQ9ng.daYo-1773948045-1.0.1.1-KcxGLEoQ6bEHGaQCnkN015fB5kEM28KFnypbhhl6x2M